inversion extranjera directa

La inversión de capital en una nación extranjera por parte de una persona física o una organización legal (instituciones y corporaciones públicas, empresas privadas, etc.) se conoce como inversión extranjera directa (IED). Esta entrada de capital puede adoptar la forma de nuevas unidades de fabricación o de participación en empresas ya establecidas para formar una filial de la sociedad inversora en el país de destino. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el objetivo de la IED es ejercer un control a largo plazo sobre la empresa adquirida o participada, y la condición para definirla es que la propiedad de la empresa matriz en la filial sea de al menos el 10%.

Objetivo de la inversión extranjera directa

En pocas palabras, la IED es un tipo de inversión internacional que representa el objetivo de obtener una participación a largo plazo en una empresa situada en otro país por parte de un inversor de un país. La IED implica una relación a largo plazo entre el inversor y la empresa, así como una influencia sustancial del inversor en la gestión de la empresa. Cuando un inversor directo posee el 10% o más del poder de voto en el consejo de administración (en el caso de una empresa constituida en sociedad) o su equivalente, se reconoce técnicamente la existencia de dicha participación (en el caso de una empresa no constituida en sociedad).

La inversión extranjera directa suele implicar algo más que dinero en efectivo. También puede suponer la aportación de gestión, tecnología y equipos. La IED puede considerarse como un enfoque económico diferente utilizado por las empresas que desean abrir una nueva fábrica u oficina, o comprar activos existentes a una empresa extranjera. Estas empresas producen (y a menudo venden) bienes y servicios en países distintos a los de su fundación, con el fin de complementar o sustituir el comercio internacional.

Las empresas que buscan una inversión extranjera directa suelen buscar empresas en economías abiertas que puedan ofrecer una mano de obra competente y un potencial de desarrollo superior a la media. También se favorecen las regulaciones gubernamentales laxas.

Características de la inversión extranjera directa

Una de las características más importantes de la inversión extranjera directa es que otorga al inversor un control efectivo sobre la empresa extranjera o, como mínimo, una influencia significativa en su toma de decisiones.

La IED es uno de los motores del desarrollo, según la cosmovisión capitalista, especialmente para las economías receptoras. Comenzó a cobrar importancia a finales de la década de 1980, cuando el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impulsaron la privatización, la disminución de la inversión del sector público y la liberalización comercial y financiera en las naciones periféricas. Desde entonces, la IED se ha convertido en una de las fuentes de financiación más importantes para las naciones en desarrollo.

Los flujos de IED han sido tradicionalmente emitidos y recibidos por las economías del norte global. En el año 2000, estas naciones representaban aproximadamente el 90% de la IED mundial y recibían el 70% de la misma. Sin embargo, desde el inicio de la crisis económica y financiera mundial en 2007, ha surgido un nuevo patrón en los flujos de IED, con un aumento considerable de la participación de las economías periféricas como emisoras y receptoras de IED. Los países de América Latina y el Caribe realizaron inversiones extranjeras por valor de 43.000 millones de dólares en 2010, un récord histórico para la región, lo que indica la creciente fuerza de las empresas translatinas. En consecuencia, las entradas de IED en la región han crecido de forma constante, aumentando un 40% en 2010 respecto al año anterior y otro 31% en 2011.

Principales agentes

El flujo irrestricto de inversiones internacionales, según la ideología neoliberal, es un motor de desarrollo para las economías receptoras. Las inversiones extranjeras, por su parte, han tenido una importante influencia en el desarrollo humano durante los últimos 25 años.

Actualmente, los principales agentes de la IED son las empresas transnacionales a través de las fusiones y adquisiciones transfronterizas. Estas inversiones representan ahora el 88% de la IED total y son en su mayoría fusiones a gran escala, lo que da lugar a una concentración de capital cada vez mayor.

Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la epidemia de COVID-19 provocó un descenso mundial de la inversión extranjera directa en 2020. La inversión mundial fue de 859.000 millones de dólares, por debajo de los 1,5 billones del año anterior. En 2020, China superó a Estados Unidos como principal fuente de valor de la inversión, atrayendo 163.000 millones de dólares frente a los 134.000 millones de Estados Unidos.

IED frente a IPF

La adición de activos en el extranjero a la cartera de una empresa, un inversor institucional como un fondo de pensiones o un inversor individual se conoce como inversión de cartera extranjera (FPI). Es un tipo de diversificación de la cartera que implica la compra de acciones o bonos de empresas extranjeras. La IED se diferencia de las inversiones de cartera en que se realiza con el objetivo de obtener el control o una voz efectiva en la gestión de la empresa en cuestión, así como una participación a largo plazo en la misma. La inversión directa incluye no sólo la compra inicial de capital social, sino también las transacciones de capital en curso entre el inversor extranjero y las empresas nacionales y vinculadas.

Los pros y los contras de la IED

La IED puede ayudar a promover y mantener el crecimiento económico tanto en los países receptores como en los inversores. Los países en desarrollo han adoptado la IED como fuente de financiación de nuevas infraestructuras y de creación de puestos de trabajo para sus propios ciudadanos. Las empresas multinacionales, por su parte, se benefician de la IED como método para ampliar su alcance en los mercados extranjeros.

La introducción de la IED fomenta y se beneficia de la privatización y mercantilización de productos y servicios, que son esenciales para la dignidad de la población. Como resultado, se niega a la mayoría social el acceso a estos recursos, y los derechos universales se convierten en mercancías. América Latina es un excelente ejemplo de ello: los flujos de capital transnacional en la zona están relacionados con la explotación comercial de productos como el agua y de servicios como el suministro de energía, ambos sujetos a importantes subidas de tarifas, insuficiencias y mala cobertura.

Por último, las políticas y los acuerdos destinados a atraer a los inversores extranjeros tienden a debilitar y someter los derechos humanos de las comunidades locales a los intereses y el poder de las empresas, robando a los pueblos su soberanía. Treinta años de aumento de las entradas de IED han mantenido a América Latina como la región más desigual del mundo.